Obras

La caseta de la mar. Joaquín Juberías y Fernando García

Editado por CQ

Sobre la cotidianeidad: La casita de la mar

“Queremos una casita donde poder hacer la paella de los domingos y las torràs con los amigos. Una ducha al exterior, con agua caliente, donde poder ducharnos para quitarnos la arena de la playa. Y, por último, un sofá donde poder echarse la siesta mirando la televisión.”[…]

Hay pocos acontecimientos en nuestras vidas que no dejen huella escrita. Eventos, situaciones o costumbres, que son recordados por fotografías, con escritos a pie de página o en sus bordes, apuntes rápidos en un bloc de notas, bocetos en una servilleta de papel maltrecha de un bar esquinero cualquiera, y un largo etcétera. Sin embargo, ¡dos apuntes que apuntar!: el primero, que no todo tiene quedar registrado en un soporte físico, una fotografía por ejemplo, sino que también puede quedar “grabado” en nuestra memoria; lo segundo: estos acontecimientos-situaciones-costumbres nacen ligados a determinados espacios. Son estos, sin duda, los que más me han interesado a la hora de proyectar esta vivienda con carácter de casita.

La suerte, que tuve, fue que los clientes empezaran a formular sus deseos en forma de acciones a re-vivir, y no en forma de programa (número de dormitorios, de aseos y de baños, de dónde y cómo querían el comedor, y de cómo, a veces ocurre, debe desalojarse el agua de las cubiertas). El propietario de “la caseta de la mar” la había heredado en no muy buenas condiciones y la quería re-formar para ser re-habitada. No le interesaba tanto lo que la vivienda pudiera tener, sino lo que en ella debía acontecer. Y así sucedió, que esa herencia, algo que comúnmente se piensa en términos materiales, se convirtió en una herencia de espacios, pues el deseo del mismo propietario no era otro que volver a re-unir las condiciones espaciales que le permitiesen re-producir las acciones con las que había disfrutado: un fin de semana tras otro, unas vacaciones tras otras, con sus padres, hermana y amigos. Cabe aquí reflexionar sobre ello, sobre nuestras herencias de espacios. Así, a bote pronto, me doy cuenta de que soy un rico heredero: el campo de fútbol donde veo con mi padre mi primer partido a los seis años, no es un lugar donde ver deporte, es el sitio ideal para aprender a comer pipas; en mi habitación de estudiante se come, se cena, se desayuna, se duerme y se estudia, es una máquina compleja pero funciona a la perfección; debajo de la mesa del comedor de mis padres descubro el escondite perfecto; el hueco del sofá, de cuando era bien pequeño, entre el respaldo y el asiento, es el mayor de los agujeros negros que he conocido hasta el momento, pues en él, y durante año tras año, eché todo tipo de pescado que no me gustaba y todas las verduras que, por mucho que se las comiera Popeye, a mí ni me ponían fuerte ni desde luego eran del gusto de mi paladar.

José Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, realiza una reflexión entorno al diálogo entre dos de sus personajes ciegos que se preguntan cómo son: ambos rehúyen describir su forma física y pasan a hablar sobre su personalidad, su interioridad, su fondo. En este sentido, esta vivienda cuenta cómo un espacio tiene su punto de origen proyectual en la re-producción de ciertas actividades pasadas y que quieren ser retomadas. Así, las acciones que ocurren en esta casita, descubren y describen, mejor que nadie, su fondo y, aún más, los rasgos y gestos de sus propietarios y habitantes. Además, era bien sencillo: se trataba de proyectar una barbacoa que no fuera sólo eso; una ducha al exterior que no fuera sólo eso, y un espacio que en su medida longitudinal mirara al televisor y que, ¡adivina!, no fuera sólo eso. De esta forma, esta especie de dispositivos, la barbacoa, la ducha exterior y el sofá siestero, pueden funcionar de forma autónoma, dibujando y re-presentando ese término que tanta significación tiene: la palabra casita.

A lo largo del texto, he buscado mostrar esa sutil diferencia por la cual el propietario de la vivienda denominaba a este proyecto casita y no casa o vivienda, o incluso hogar, y es que, casita es diferente al resto. Este término, que nada tiene que ver con que, al usar un diminutivo, se haga referencia a su “escasa” superficie de 60 m2, tiene una connotación y significación propia. El propietario, sin ser demasiado consciente, lo tiene asociado con esas acciones mencionadas anteriormente; herencias de espacios que no se desarrollaban en la que era su vivienda habitual cuando él era pequeño, sino que quedaban reservadas para el fin de semana, la tarde del viernes, el sábado y el domingo, y por tanto, eran diferentes a las del lunes, martes, miércoles, jueves y mañana del viernes. Eran hechos que sólo podían ocurrir por las condiciones que permite la vida en el tiempo libre. En referencia a esto, Georges Perec habla, en su libro Especies de Espacios, sobre la posibilidad de construir apartamentos proyectados con ritmos heptadianos, esto es, con diferentes espacios destinados a cada día de la semana y cuyas actividades cambiarían drásticamente cuando se acercase el fin de semana. Perec nos dice: “El lunetorio podría ser perfectamente una lavandería (nuestros ancestros rurales hacían su colada el lunes) y el martetorio un salón (nuestros ancestros urbanos recibían normalmente todos los martes). Todo esto apenas nos haría salir de lo funcional. Mejor sería, de paso, imaginar una disposición temática, un poco análoga a la que existía en los burdeles […] el lunetorio por ejemplo sería la imitación de un barco; se dormiría en hamacas, se limpiaría el suelo echando agua encima y se comería pescado; el martetorio, por qué no, conmemoraría una de las grandes conquistas del hombre sobre la naturaleza, el descubrimiento del Polo (norte o sur, a elegir), o la ascensión del Everest: la pieza no tendría calefacción, se dormiría bajo espesas pieles, la alimentación sería a base de penmican (corned-beef los fines de mes, carne de los Grisones los días faustos); el miercoletorio glorificaría a los niños evidentemente: desde hace algún tiempo es el día en que no van a la escuela; podría ser una especie de palacio de Dame Tartine: las paredes serían de alajú y los muebles de plastilina, etc., etc.”.

Sin embargo, el término casita no es sólo esto, y es que, este proyecto de casita, muestra también la diferencia de significado entre la segunda residencia y la casa de fin de semana. Ambos conceptos, muy bien contextualizados en el libro Casa Collage de Xavier Monteys y Pere Fuertes, se distinguen por sus características intrínsecas en torno a su programa, función, espacio y superficie, siendo, las segundas, las que se proyectan atendiendo a los no-horarios de vacaciones, al tiempo libre destinado a desarrollar los hobbies de sus propietarios, y en las que, por tanto, se produce una brusca ruptura, tanto espacial como temporal, entre las viviendas donde se lleva a cabo la vida entre semana y entre las que se habitan los fines de semana o vacaciones. Esta simple razón es por la que el cliente exige legítimamente su herencia de espacios y quiere re-vivir su casita, no hacer una nueva casa sino recuperar su espacio de acción.

Con este fin, el proyecto se ha realizado mediante “arquitectura de fondo”: un símil a lo que se conoce como ruido de fondo. Ruido de fondo, al que no se le presta atención ni distinción, simplemente está, de forma predecible, ahí detrás, sonando sin cansancio, paseándose inadvertido. Es curioso observar los diferentes sonidos que ajetrean y estresan ese ruido de fondo: la bocina de un automóvil, una perra ladrando a las palomas que le sobrevuelan, el cantar de los pájaros en el alba del día, la vecina del tercero creyéndose la mismísima Nina Simone, un padre gritando gol con las frecuencias más bajas posibles, y así sucesivamente. Estos sonidos dan ritmo al ruido de fondo haciéndose notar, alterando ese mar de tranquilidad que acompaña la planeidad del primero. Las personas que viven la mayoría de su tiempo en la ciudad y la minoría en el campo, tengan quizás las mismas sensaciones que yo, y es que, cuando nos desplazamos a ese lugar, el ruido de fondo parece des-aparecer. El ruido se convierte en el sonido agradable del cantar de los pájaros, de los ladridos alegres de una jauría de perros, de un burro que de vez en cuando rebuzna, del chasquido de las hojas de los árboles advirtiendo del movimiento del aire. Sin embargo, con el paso de los días, esos bellos sonidos se acaban convirtiendo en ruido de fondo. Siempre me ha gustado catalogar los diferentes ruidos de fondo que caracterizan los lugares en los que he estado, son parte de su esencia, de su alma. Por este motivo, he querido re-des-cubrir esta vivienda mediante su arquitectura de fondo exprimiendo las características que su uso conlleva; porque haber querido proyectarla de otro modo hubiera sido un acto estridente, egocéntrico, fuera de con-texto.

Arquitectura de fondo, simple pretexto de nomenclatura, arquitectura que no se deja ver; arquitectura de estar, de ser, de las acciones que fueron y ahora quieren volver a ser.

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