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  • Jorge Abaunza

    Una arquitectura de la palabra, a decir de la arquitecta Marina Waisman, una arquitectura que nos habla del paisaje, del territorio, del clima, de la flora, de la fauna, de las pre-existencias, de los materiales del lugar, de como lo nuevo puede respetar, valorar el lugar.

Obras

Casa Mayte. Rahola

Editado por CQ

Se trata de una intervención en una casa ibicenca situada a dos kilómetros hacia el interior de la isla, con vistas sobre el mar y sobre las murallas de la ciudad de Ibiza. El terreno está dividido en bancales que absorben la pendiente natural.

Las edificaciones existentes construidas a lo largo del tiempo están hechas con módulos que se sitúan aisladamente en cotas diferentes. El programa de la nueva edificación daba prioridad a espacios más grandes e intercomunidados, así como a las vistas y a la orientación. En planta, entre la vivienda y los corrales, se ha intercalado un módulo rectangular de unos 30 m2 de superficie.

Los alzados se construyen a partir de las vistas al sur, del aislamiento respecto a las diversas edificaciones situadas al oeste y de la iluminación natural del interior. En la totalidad del proyecto, hay una clara intención de utilizar elementos y características propios de la isla: racionalidad en la relación entre espacios, simplicidad y desnudez en los muros, colores análogos a las pigmentaciones de la tierra (ocre, sombra, azulete). Conviven de ese modo en un mismo espacio tradiciones antiguas y criterios contemporáneos, transportados sin renuncias al momento actual.

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Los muros, cuando son de pared seca, sirven para que se aferren las zarzas, para poder ir a coger moras, para que se críen los caracoles, para que sea fácil subirse – poniendo el pie en un agujero, teniendo mucho cuidado de no pisar ningún nido de avispas – , para que los animales no huyan ni se cambien, para aguantar la tierra y para hacer particiones. Ascienden derechos por las montañas – y nadie sabe a dónde llegan ni de qué huyen -, o tejen el campo como un bordado. Tienen la piel de serpiente, a placas, y su mismo color – amarillo, verde, plata -, y se mueven igual, nerviosos pero siempre aferrados a la tierra. Para los que circulan por la carretera en coche, lo tapan todo. Pero yendo en carro, abren a ambos lados del camino espacios cerrados, dejan ver escenarios de cultura donde se muestra qué es un árbol, un cerdo, la cebada: obra humana por excelencia. Quizá es la ayuda que todavía hoy nos puede dar el arte. Dejar signos de presencia humana en el mundo para hacerlo reconocible – para hacernos reconocibles a nosotros mismos en la memoria de los que vengan -. El pintor Ibarrola, escondido como un druida en el fondo del bosque, marca con trazos blancos o de color el tronco de algunos árboles. El escultor Robert Smithson deja pedazos de espejo en el suelo, dentro de un hoyo, cuando hace algún desplazamiento por el campo. La pared a saltos que Víctor Rahola ha construido cerca de su casa, en el monte den Selleres, en Ibiza, pasa a ras de suelo como un relámpago humano. Los griegos veían los bosques animados por espíritus similares. Lo hacen los animales: también los osos, los ciervos, los jabalíes marcan con las garras, los dientes o los cuernos el territorio donde viven. Si lo hacen los animales, no puede haber error. (A veces, por ejemplo, cuando en Pollença quiero ir al valle de Ternelles, al castillo del Rei, o cuando en Ses Salines quiero ir a nadar a la playa des Caragol, me encuentro con otras paredes, que son barreras, alambradas, espinos, órdenes, pistoleros: al otro lado están los de can Verga. No son ni animales ni humanos, son propietarios).

Josep Quetglas

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