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Obras

Pabellón de baños. Nicolás Vázquez

Editado por CQ

Hace algunos años el crítico de arquitectura y fundador de la Socialist Lavatory League, o Liga Socialista de Lavabos, Owen Hatherely, se quejaba (haciendo eco de Milan Kundera) de que Gran Bretaña se “rehusa a admitir que la mierda existe” y que su país “ha prácticamente abolido los baños públicos”. En una serie de comunicados digitales emitidos desde la SLL, Hathgerely aboga por revalorar un asunto que nuestras buenas conciencias modernas – con su desprecio por lo ordinario, sus distorsiones de perfección retocada y sus obsesiones sanitarias- prefieren ignorar: el humilde retrete.

Hatherely defiende apasionadamente los baños como asunto de interés público y arquitectónico, mezclando humor escatológico con sus vehementes posturas políticas. En cambio, cuando se refiere al tratamiento de diseño, Hatherely opta por la seriedad: “si existe una forma de arquitectura pública que requiere cierto grado de rectitud formal, sin mayores alborotos, es ésta”.

Sin embargo, la verdad que es algo tan mundano y vulgar como un baño probablemente necesita una pizca de afectación para volver a llamar nuestra atención. El WC es una tipología arquitectónica infravalorada. A pesar de que en México existen algunos ejemplos arquitectónicos notables, hace tiempo que los baños públicos dejaron de ser una tipología representativa de la modernización y motivo de orgullo cívico; sobreviven si acaso como espacios en desuso, salvo por el ocasional masaje de relajación o el encuentro fugaz.

El pabellón de baños y bodega diseñado por Nicolás Vázquez (Ciudad de México, 1974) – quien estableció su propia oficina apenas en 2010, tras varios años con varios arquitectos como Teodoro Gonzáles de León, Javier Sánchez, Ernesto Betancourt, y como colaborador externo de Central de Arquitectura- no es un equipamiento público per se, pero sí una aproximación peculiar a un rito cotidiano a la vez íntimo y colectivo; una propuesta arquitectónica que retoma algo de ese afán de revestir la más mundana de las necesidades con dignidad.

El proyecto se ubica en una de las típicas calles parroquiales del barrio de Coyoacán, espolvoreada de esas construcciones anónimas clase-medieras que nada le temen a la miscelánea estilística (la balaustrada y la teja francesa, el ladrillo barnizado, la cúpula y la madera apolillada, la herrería artesanal y la barda de piedra volcánica simulada estilo Pedregal; todo conviviendo sin aspavientos, de forma natural). Allí al fono de un escueto jardín trasero de una vivienda particular se alza el modesto pero agraciado “pabellón” de tabique rojo diseñado por Vázquez. El pabellón se construyó en tres semanas como encargo de accesorio de último minuto, parte de una remodelación de la vivienda principal. Los clientes, asiduos como tantas familias mexicanas a los festejos y reuniones cuasi multitudinarios en el patio trasero de casa, querían dos baños -uno para muchachos y otro para señoritas -que dieran servicio al jardín, además de una pequeña bodega para guardar cachivaches y utensilios de jardinería. Vázquez asumió el encargo con singular entusiasmo, en parte recordando la máxima de Carlos Mijares Bracho -su antiguo profesor y director en el Taller Experimental de Creación Arquitectónica (TECA) de la UNAM, donde Vázquez da clases también- de que en diseño es preciso hacer de los problemas o las limitaciones una oportunidad; darle un giro a la tipología aburrida, a lo monótono o lo programático, para convertirlo en un estímulo tectónico, conceptual y espacial. Para Vázquez en los elementos residuales de una obra o encargo -los patios, los pórticos o, en este caso, las áreas de servicio- donde surgen posibilidades para la experimentación y donde se acaba articulando mejor un proyecto.

Además del requisito funcional, los clientes querían una edificación vistosa, algo que pudieran mirar con agrado desde los grandes ventanales de la sala y el comedor, que dan al jardín. Tenían en mente algo parecido a un chalet suizo (bien podría haber sido un grotto con rocaille o una cabañita rústica como la de María Antonieta en Versalles). Vázquez convencerlos de que lo más conveniente era pensar en una estructrura depurada, con ciertas cualidades escultórticas, que diera continuidad formal a la intervención en el resto de la casa: una gramática mas bien exigua, abstracta, que se pronuncia con variantes sutiles de forma y textura, y atravéz de la preponderancia de un único material -el tabique rojo- que contrasta con el tedioso aplanado blanco de la preexistencia. El cómo y el qué se dejó en manos del arquitecto.

Para Vázquez el pabellón se convirtió en el pretexto, una maqueta cuya pequeñísima escala (apemas 11.5m2) ofrecía la oportunidad de explorar soluciones constructivas y obsesiones formales. Además de los guiños a Mies (el monumento a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de 1922) y en especial a las esculturas/muros articulados de Herbert Bayer -quizás también, en menor medida, a la atención obsesiva a los detalles más pedestres propia de las primeras casas de O`gorman, Loos o el mismo Wittgenstein en su vivienda de la Kundmanngasse-, el pabellón concentra todo un repertorio de juegos constructivos: torsiones, desfases y saledizos, autoportantes, aperturas irregulares y un muro que se hace banca.

El gesto más contundente en el diseño del pabellón es la elección del tabique rojo recocido de 6 x 12 x 24 cms como prácticamente único material, que además de un posicionamiento estético (rehuyendo un poco del abuso del concreto tan característico de la joven y la ya no tan joven arquitectura local) es una apuesta práctica por un material sumamente convencional, familiar y apreciado. El tabique dio lugar al lenguaje común con el que Nicolás logro comunicar sus intenciones de diseño no sólo al cliente, sino también a los encargados de la obra. El material marcó la escala artesanal que hizo posible explicar y desarrollar en poco tiempo y sin mayores complicaciones las geometría constructivas poco convencionales que el arquitecto tenía en mente.

Algunos elementos (una gárgola con caída de agua y una charola de acero para crear un pequeño espejo al lado de la banca) se descartaron por limitaciones presupuestarias y de tiempo. También las necesidades cotidianas y el gusto de los clientes se impusieron en algunos añadidos que rompen con la castiza materialidad y franqueza geométrica del pabellón, restándole potencia como gesto de diseño: una triste cubierta de aluminio y acrílico que conecta el pabellón con las colindancias, una tosca luminaria de seguridad en una de las esquina, huecos de ventilación sellados con canceleria blanca y pantallas ahumadas, un desnivel recubierto de loseta que diluye el impacto visual de un elemento escultórico autónomo brotando del suelo.

Sin embargo, el Pabellón de baños no deja de ser un ejercicio constructivo seductor y significativo. Como el mismo Vázquez reconoce, hay algo de histrionismo en este concentrado de ademanes arquitectónicos que arropan un simple escusado. Pero ése es justo el punto. Hacen falta sinceridad y valor para afirmar que algo tan ordinario puede ser también digno e incluso bello. (penemos en las fotos de escusados de Edward Weston, estilizadas pero honestas.) El pabellón de baños de Nicolás Vázquez, con todo y su manierismo, es un ejercicio de humildad. Erigirle a un lavabo una gruta modernista, un corsé de tabique, es una afirmación de que no hay despreciable para la arquitectura, sin importa lo pequeño, vulgar, o aburrido que parezca. Me vienen la cabeza muchos arquitectos que podrían aprender algo de ello.

Texto sobre el pabellón de baños de Nicolás Vázquez

Autor: Mario Ballesteros (twitter: @marioballe)

Publicado originalmente en Domus México #06; Radicalidad cotidiana

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