Objetos

Cartier Santos

Editado por B LopezCotelo

Siempre hemos querido medir el tiempo. Los relojes de sol se obstinaron en contar sólo las horas serenas [1] y los de pared recordaron durante siglos el transcurrir incesante de los segundos con su tic-tac metálico. El reloj de bolsillo, por su parte, jamás alcanzó consenso entre los hombres: William Hazlitt se quejó del persistente abrir y cerrar de su tapa, que interpretó como ‘mera ostentación y petulancia; como consultar a un oráculo misterioso que se lleva en el bolsillo, en vez de hacer una simple pregunta a un compañero o a un conocido’[2]. Quizá por eso, a partir del siglo XX, los relojes se trasladaron a la muñeca y su esfera pasó a estar descubierta.

Reloj de sol del jardín botánico de la Universidad de Leicester. Matt Neale

La historia del reloj de pulsera es la de un encuentro entre dos hombres.

Alberto Santos Dumont fue un pionero del vuelo a motor que al inicio del siglo XX abandonó Brasil para instalarse en París, atraído por el clima de optimismo que impregnaba entonces la ciudad y por los avances tecnológicos. Hijo de un terrateniente de origen francés, Santos Dumont pronto centró sus energías en explorar las posibilidades de la aeronáutica. En París comenzó sus ensayos con dirigibles -un ingenio concebido por él mismo que permitió mejorar las condiciones de pilotaje de los globos aerostáticos tradicionales-, y más tarde con prototipos de vehículos más pesados que el aire. En aquellos años, eran frecuentes las competiciones en las que el desafío consistía en cubrir cierta distancia en un tiempo determinado, para probar de ese modo la idoneidad de un aparato –globo, dirigible o aeroplano- frente a los demás,  así como la destreza del piloto. Santos Dumont frecuentó estos certámenes y venció en muchos de ellos, pero se encontró con un molesto inconveniente: mientras sus manos ocupaban el timón de sus dirigibles y aeroplanos, el piloto no podía medir los tiempos de la prueba. Fue entonces cuando apareció en escena el segundo hombre, un joyero francés con el que Dumont había trabado amistad durante su estancia en París, Louis Cartier. Profesional reputado, Cartier dirigía la empresa fundada por su abuelo, joyero de la corte de Napoleón III, y había destacado en el diseño de relojes.

Santos Dumond en su dirigible No.9, en 1903. Por Myspace.com

Santos Dumond en su dirigible No.9, en 1903. Por Myspace.com

 

Louis Cartier

En octubre de 1901, tras una conversación con Santos Dumont, Louis Cartier resolvió fabricar un nuevo reloj, uno que eliminó todo el ritual propio de los antiguos modelos de bolsillo –rebuscar, abrir la tapa, mirar la hora, cerrar la tapa, guardarlo de nuevo-; así nació el Cartier Santos, un regalo para su amigo brasileño.

En realidad, el joyero se limitó a seguir la lógica y a mejorar un artículo similar fabricado desde 1868 por los relojeros suizos Patek-Phillipe: sujetó el reloj a la muñeca mediante una correa de cuero y una hebilla, dejando las manos libres para realizar cualquier otra tarea. En 1904, el diseño definitivo estaba listo, y en él Cartier añadió a los criterios prácticos su acostumbrado refinamiento, incluyendo oro en el reloj sencillo, cuadrado y plano.

Reloj de pulsera Cartier Santos

Reloj de pulsera Cartier Santos

 

Cartier Santos, de fabricación reciente

Durante los años siguientes, la historia de los relojes cambió. El Cartier Santos comenzó a ser producido en serie, y su éxito hizo que proliferasen los imitadores. Se multiplicaron desde entonces las variaciones a partir del diseño original, algunas de ellas a precios sensiblemente más bajos que los comercializados por Cartier, y en pocos años el reloj de pulsera se convirtió en un complemento habitual para hombres de todo el mundo.La Primera Guerra Mundial consolidó la popularidad de este tipo de reloj; en las trincheras también era útil tener las manos libres. Paradójicamente, esa misma campaña supuso la confirmación de que los aviones, esos aparatos a los que Santos Dumont había consagrado su vida confiando en un futuro mejor para la Humanidad, también podrían ser utilizados para extinguirla.

Joyería Cartier en la rue de la Paix, c.1900. Por Archives Cartier

 

Rainiero III y Grace Kelly en la rue de la Paix. Por Jack Nisberg Roger-Viollet

El reloj de pulsera probablemente no habría aplacado el hastío de Hazlitt, ya que su postura respondía a una cuestión de fondo: ‘Los años galopan ya bastante aprisa para mí, sin tener encima que observar a cada instante su fuga’, afirmaba vehemente el inglés. Pero el hombre sigue contando, cada vez con más precisión, el paso de las horas.

Medir el tiempo nos hace recordar aquello que somos.[3]

BLC

[1] En los relojes de sol es común encontrar la inscripción Horas non numero nisi serenas (‘Sólo cuento las horas serenas’).

[2] Ver Hazlitt, W. El reloj de sol. El autor incidió en la inconveniencia de esa tapa: ‘(el reloj de bolsillo) viene a mí como un salteador de caminos, con la cara tapada, y no con el aspecto franco y abierto de un amigo’.

[3] Borges, en su poema Son los ríos, resumió: ‘somos el tiempo’.