Objetos

Diabolo

Editado por B LopezCotelo

El circo es algo muy serio. Lo sabía Alexander Calder cuando comenzó a celebrar funciones en su ‘Cirque’ [1] parisino, y lo sabían también los senadores romanos que ofrecían a la plebe Pan y Circo como una suerte de primitivo Despotismo Ilustrado. Pocos acontecimientos espolean tanto la imaginación de un niño como esa carpa que un día aparece, surgida de la nada, para cobijar enanos, payasos y mujeres barbudas, y desaparece más tarde sin dejar rastro, como si todo hubiera sido un sueño.

Fotograma de ‘Le Cirque Calder’, de C. Vilardebo, 1961

El diabolo se dio a conocer en Europa a lo largo del siglo XIX gracias a funciones errantes. La itinerancia de los espectáculos circenses contribuyó a difundir los malabares -tanto como los fakires o los acróbatas-, y el diabolo formaba parte de esos juegos de habilidad que, con su rapidez y precisión, embaucaban al público. Su historia, sin embargo, comenzó muy lejos en el tiempo y el espacio, en la China de la dinastía Chang. Los primeros diabolos –llamados Kouen-Gen– consistían en un rudimentario mecanismo formado por un hilo atado al extremo de dos varillas, sobre el que se deslizaba una pieza de bambú. Esta pieza, constituida por dos circunferencias entre las que se colocaba un segmento recto, era la clave del instrumento: si era manipulada adecuadamente, giraba de manera constante gracias al principio de conservación del momento angular. El invento permitía un amplio espectro de movimientos, en función de la pericia de quien lo manejase, y el silbido que producía la fricción entre el bambú y el hilo completaba el juego[2].

Hasta la llegada de la dinastía Han –en el segundo siglo Antes de Cristo-, el Kouen-Gen, fue ante todo un pasatiempo, pero paulatinamente se consolidó como espectáculo circense.

Mujer con 'diabolo', ilustración de 'Costumes Parisiens', 1812

Mujer con ‘diabolo’, ilustración de ‘Costumes Parisiens’, 1812

‘Angelo e diavolo’, de C. F. dell’Acqua, 1868

Litografía de M. Campligli, 1954. Por MoMA archive

Niño con ‘diabolo’, al inicio del s. XX

‘Diabolo’, ilustración. Por Charlie Willer

Payasos y malabaristas chinos depuraron la técnica durante siglos hasta que, hacia el final del siglo XVIII, comerciantes y misioneros europeos decidieron llevar a sus lugares de origen el diabolo. A partir de 1810, en los clubs de reunión de la alta sociedad francesa e inglesa comenzaron a ser frecuentes las demostraciones de habilidad con el recién importado instrumento. El fabricante francés Gustave Phillipart intuyó pronto sus posibilidades comerciales, y trabajó para adaptar el diseño a una producción industrial; su diabolo de caucho y metal sentó en 1906 las bases de todos los modelos que le sucedieron: la pieza rotatoria pasó a estar formada por dos conos o semiesferas de material plástico unidas en sus vértices. Las modificaciones introducidas por el fabricante francés permitieron una mayor precisión y variedad de movimientos, y el diabolo comenzó a ser fabricado en diferentes materiales y tamaños, haciendo posible que las muestras de virtuosismo alcanzasen cotas inauditas.

El diseño de Phillipart era, por otro lado, más resistente a las caídas que los tradicionales Kouen-Gen, cualidad que –unida a un precio asequible- hizo que se convirtiese en un popular juguete infantil.

‘Diabolo’, patente de L. Blecker, 1925

'Diabolo' de metal y caucho, por Germeister

‘Diabolo’ moderno. Por Chaquetadepollo

Juego de ‘diabolo’, por Ian Boyd

Tras la Primera Guerra Mundial, el interés por el diabolo comenzó a languidecer. Poco a poco, otros juegos ocuparon el tiempo de los niños en sustitución del ingenio concebido por Phillipart, y sólo el renacer de las artes callejeras de las últimas décadas del siglo XX lo rescató del olvido; los espectáculos al aire libre son hoy el recuerdo de un pasado de titiriteros y bufones, de fakires y juglares, de aquellos circos itinerantes que quizá Smiljan Radic supo definir mejor que nadie: ‘Mientras esperábamos que empezara la función, sentados en las gradas construidas con tablones, uno de esos molinos errantes levantó las faldas de la carpa y, silenciosamente, infló todo el lugar. Poco a poco los postes de madera… comenzaron a bailar ante nuestros ojos. Uno a uno se elevaron suspendidos a más de un metro sobre el suelo, para luego caer lentamente en su lugar una vez que el ‘alma’ abandonara el interior del circo’ [3].

BLC

Notas:

[1] Calder celebró a partir de 1926, durante su estancia en París, funciones circenses con personajes confeccionados por él mismo. A ellas asistían intelectuales y artistas del momento como Jean Cocteau, Fernand Léger o Piet Mondrian.

[2] La traducción aproximada del nombre original del diabolo, Kouen-Gen, es ‘hacer silbar el tronco hueco de bambú’.

[3] RADIC, S. (2008). ‘El circo’,e n 2G, No. 44, pp.138-141